Hace mucho tiempo que no paso por aquí. Y quizás no tenga excusas para no hacerlo, o así. Lo que está claro es que no voy a martirizarme por no cumplir unos de mis propósitos de año nuevo. Me lo voy a tomar con calma, aplicando la filosofía slow. Pero hoy no vengo para hablaros de esto, sino de lo que aprendí de Daniel Blake.

Yo, Daniel Blake es una película del director Ken Loach. Descubrí por casualidad que la daban en los Cines Texas de Barcelona y fue ver el trailer y sentir un flechazo. Ahora entiendo porqué. Es cine, puro y duro, del de verdad. Crudo. Pero también sensible, real, de los que te emociona y te pone la piel de gallina. Es humanidad pura y dura, para bien y para mal.

Daniel Blake es un carpintero inglés de 59 años que, tras un infarto, vive de las ayudas del Estado. Su situación se complica cuando, a pesar del riesgo de sufrir un nuevo infarto, le retiran la pensión de incapacidad. Y hasta aquí puedo contar. Solo os diré que es una historia desgarradora y de sufrimiento pero de la que se pueden aprender muchas cosas.

Lo que aprendí de Daniel Blake durante los 100 minutos que dura este filme es que hay que ser más solidario con los demás, ayudarles si podemos y lo necesitan. A veces es tan sencillo como recoger una carta del vecino si le llega cuando no está.

Daniel Blake también me ha enseñado que no hay que resignarse y que, por muy difícil que nos lo pongan, tenemos que luchar por lo que creemos. Daniel Blake es un superviviente de los que deja huella.

La película todavía está en los Cines Texas de Barcelona, aunque cualquier de la cartelera no tiene desperdicio si os gusta el buen cine. Yo ya sé cuál es la próxima que iré a ver. Por cierto, en los Texas vi por primera vez uno de mis documentales favoritos, La sal de la tierradel que os hablé en este post.

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