A golpe de marketing puro y duro casi consiguen que me crea que Las Chicas del Cable iba a ser una serie de la talla de otras enigmáticas de Netflix como Narcos o Stranger Things…Pss, que me estoy quedando con vosotros, ¡ni de coña! Y menos con un reparto en el que los tres protagonistas principales – Blanca Suárez, Yon González y Martiño Rivas- repiten triángulo amoroso 10 años después de coincidir por primera vez en El Internado.

Que fuera la primera serie española producida por Netflix, que se estrenara el mismo día en 190 países, que la vendieran como una serie de mujeres fuertes o incluso la polémica en El Hormiguero…consiguieron que me picara el gusanillo. Aunque si me decidí a comenzarla este sábado fue porque un buen catarro me tenía postrada en el sofá, para qué engañarnos.

Lo primero que pensé tras varios capítulos fue…es Velvet pero en otra época y otra profesión. Al fin y al cabo compartían muchos ingredientes: un grupo de amigas, un triángulo amoroso con un amor del pasado, una mujer supuestamente fuerte y emprendedora…y un repertorio muy marca España. Y eso ya fue una decepción porque si hay algo que tiene Netflix es frescura e innovación y yo en Las Chicas del Cable veo más de lo mismo.

Nos la han vendido como la gran serie española para Netflix cuando es una serie más propia de Atresmedia, pensada para ganar dinero con un argumento flojo y caras bonitas que atraen a una audiencia potente que a las 11 de la noche, delante de la tele y haciendo zapping, no tiene el cuerpo para pensar ni digerir algo con más sustento. Lo dicho, carne de Atresmedia.

Las Chicas del Cable, ¿donde están las mujeres fuertes?

De cara a la galería está muy bien vender Las Chicas del Cable como una serie de mujeres fuertes que combaten los tabúes de la época pero…nada más lejos de la realidad. Sobre todo si, en teoría,  la mujer más emprendedora de la serie, Blanca Suárez, en el fondo no deja de ser una mujer triste y desdichada por culpa de un desamor. Todo ello, además, la ha convertido en una delincuente cuyo principal objetivo es mantener a salvo a su primer amor Yon González. Eso sí, sin reconocer lo muy enamorada que sigue de él.

En el reparto no falta, por supuesto, la tontita del pueblo que llega a la gran ciudad para trabajar y no tiene claro si quedarse o no hasta que…¡conoce al hombre de su vida! Claro que sí, guapi, un claro ejemplo de mujer independiente.

Aunque el plato fuerte se lo llevan Ana Fernández y Ana Polvorosa. Ambas son las feministas y activistas del grupo pero también las protagonistas de un romance lésbico. En el fondo esta historia de amor no busca más que el morbo de ver a dos guapísimas actrices medio desnudas metiéndose mano. Sin embargo, hacer que las feministas sean las lesbianas de la serie, sinceramente se acerca peligrosamente a un tópico machista.

Si te gusta dormirte viendo la tele, escuchar ruido de fondo mientras haces otras cosas o desconectar del día con la caja tonta…Las Chicas del Cable es tu serie. Si esperas algo más, no te molestes, aquí hay mucho lirili pero poco lerele.

Un comentario en “Las chicas del cable: mucho lirili y poco lerele”

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